Una pobre anciana decidió volar en primera clase para estar más cerca de su hijo. Sin embargo, los otros pasajeros la rechazaban.

Renata se sentía observada. La mujer había subido al avión esa mañana y se había sentado en primera clase, junto con un puñado de empresarios ricos y socialités.

En el aeropuerto y la manga nadie siquiera la miró dos veces, pero tan pronto como se sentó en su sitio, se sintió blanco de todas las miradas. La razón era sencilla: ella desentonaba con el resto de los pasajeros.

Los hombres y mujeres del compartimiento de primera clase lucían ropas caras de diseñadores conocidos y maletas de marca. Renata, por su parte, se había puesto su ropa cómoda comprada en el supermercado y hasta había tenido el tupé de ponerse un viejo abrigo tejido, con la lana apelotonada: es que no tenía nada mejor para el frío del avión.

El hombre que tenía sentado al lado estaba absorto en un periódico cuando ella se sentó, así que no la notó en seguida. Pero cuando se dio cuenta, llamó a la azafata.

“¿Y esto?”, dijo, con total insolencia, señalando a Renata.

Renata no tuvo más remedio que mostrar su boleto. “La pasajera tiene el asiento que abonó, señor”, dijo la aeromoza.

El hombre sacó un pañuelo de su bolsillo, fingiendo cubrirse de algún olor. “Ah bien… Mire, yo pagué un asiento en primera clase para no juntarme con esta gentuza, ¿sabe? Y ahora me ponen a esta indigente al lado”.

Avergonzada, Renata se hundió en su asiento. Una mujer defendía a la anciana, pero otro pasajero intervino para comentar que le parecía que la aerolínea había “caído tan bajo” que ahora cualquier buscavidas encontraba un descuento para primera clase.

Otros empezaron a quejarse por el altercado en sí: “Si quería volar con viejas escandalosas hubiera viajado en turista”, comentó una señora con cartera de Gucci, sin observar que Renata ni siquiera había dicho una palabra en todo el escándalo montado.

“Debe haber un error. Verifíquelo y llévela atrás con la gente del tour de jubilados como le corresponde. Y quiero un pedido de disculpas”, insistía el hombre del asiento de al lado, y Renata no sabía ni por dónde empezar a defenderse. ¡Ella había pagado su sitio como todo el mundo!

El hombre y otro pasajero más se pusieron de pie, y dijeron que no se sentarían hasta que Renata estuviera en turista. Renata tuvo que contener las lágrimas de vergüenza. “Esto también pasará”, se dijo.

Sin embargo, la hería comprobar que hubiera gente tan insolente y maleducada en el mundo. En cierto momento, no pudo más y se echó a llorar. Tal vez sí estaría más cómoda en un asiento peor que el del ticket, pensó, y empezó a juntar sus cosas.

Buscando su bolsa, Renata se trastabilló y se cayó, y el contenido de su cartera se esparció por el suelo. En lugar de sostenerla, el hombre se echó para atrás, como si toda ella fuera suciedad.

La única mujer que la había defendido se levantó a ayudarla a recoger sus pertenencias. Se hizo un silencio.

“Muchas gracias”, dijo Renata, mientras la señora le alcanzaba una foto antigua de un niño que había caído bajo un asiento. “Es mi hijo, ¿sabe? Es el piloto de este avión”, explicó Renata, con lágrimas en los ojos.

“Debe ser muy guapo ahora de adulto”, dijo la señora.

“No lo sé, tuve que darlo en adopción cuando tenía cinco años porque no tenía cómo cuidarlo”. Y allí las lágrimas se hicieron torrente.

“Llevo años tratando de localizarlo, pero no podía encontrarlo. Supe recientemente que se había convertido en piloto, así que empecé a buscarlo por los aeropuertos. Supe que piloteaba este vuelo, pero la única forma que tenía de abordarlo y estar una vez cerca de él sin importunar era tomarlo”.

“Solo quería estar cerca de mi hijo una vez, gasté todos mis ahorros en el pasaje de primera clase porque está más cerca de la cabina y podría, una vez al menos, ver el hombre en el que se ha convertido. Hoy cumplo años, iba a ser mi regalo secreto”, sollozó.

Los pasajeros quedaron atónitos. Algunos de ellos se conmovieron y lloraron también. Renata se puso de pie, y una de las azafatas la abrazó, mientras las otras movían cielo y tierra para presentarle a su hijo.

“¿Pero y si no me quiere ver? ¿Y si me odia por haberlo abandonado?”, se inquietaba Renata.

Para su sorpresa, el hombre que había estado insultándola tuvo palabras de consuelo para ella: “Creo que entenderá que usted no tuvo alternativa”, dijo, antes de volver a perderse detrás de su periódico. Era evidente que estaba avergonzado.

Entonces se escuchó una voz en los altoparlantes. “Les habla el capitán, hoy hay una persona muy especial en este vuelo: es mi madre, y hoy es su cumpleaños”, dijo.

Todo el avión aplaudió, y quienes habían insultado a Renata por no lucir acorde a la etiqueta implícita de la primera clase se disculparon con ella. Cuando el avión llegó a destino, el piloto, que se llamaba Ernesto, pudo abrazar a su madre por primera vez en años.

¿Qué podemos aprender de esta historia?

Elige ser amable. Cuando el compañero de asiento de Renata la insultó, otros decidieron sumarse al maltrato aunque la pobre anciana no había hecho nada, y la única que la ayudó fue una única mujer. Y su acto de amabilidad cambió todo.

No te des por vencido. Renata buscó por años a su hijo, pero nunca dejó de buscar. Finalmente pudo reencontrarse con su hijo.

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