Una pareja en una casa rural pasaba su noche como todos los días, sin embargo, ese día llovía sin parar, pero hacía calor en el lugar.

Los relámpagos y truenos no cesaban, así que Carlos decidió que era el momento de cerrar las ventanas, pues ya se iba a dormir junto a Ana, su mujer.

Ella le pidió que dejara una de las ventanas abiertas para que entrara más aire, su esposo hiso lo que ella pidió y fueron a descansar, no obstante, pasadas las dos de la mañana empezaron a escuchar los ladridos de los perros.

Lo inusual es que el ruido de los animales provenía del pasillo de la vivienda.

“Qué raro, parece que fuera una jauría de perros callejeros”, dijo Ana.

En seguida, le pidió a Carlos que se levantara y viera qué estaba pasando, aunque su pareja estaba un poco malhumorada por la petición, se levantó para mirar por la ventana.

El hombre observó con atención y no vio a nadie alrededor, pero comenzó a escuchar a aullar a los perros cada vez más fuertes, pero decidió cerrar la ventana y volver a dormir.

Aunque quiso descansar los gruñidos aumentaban cada vez más, posteriormente se escuchó un estruendo muy grande.

Ana gritaba desesperada para que su marido no abriera la puerta, él se arriesgó y salió al patio, de inmediato no hizo más que rezar, pues ante sus ojos encontró una creatura terrorífica muy alta y llena de pelos; caminaba tambaleante y se agarraba con sus manos la cabeza mientras de él salían aullidos y gritos infernales.

Los perros que lo seguían eran perros de la calle que se sentían atraídos por el extraño ente.

Carlos volvió despavorido al cuarto y le contó a su mujer lo que había visto.

Al día siguiente Ana recordó que hace mucho tiempo le habían contado que nunca debían dejar la ventana abierta en días de lluvia, pues es una invitación a los espectros del inframundo que buscan en dónde refugiarse.