Adam Murphy vivía con su esposa, Georgia, en Orlando, Florida. La familia llevaba una vida tranquila, salvo por un vecino desagradable llamado John. Este hombre se entrometía constantemente en sus asuntos y nunca perdía oportunidad para expresar su descontento.
La principal fuente de conflicto era un roble alto y frondoso que crecía en la propiedad de Adam. En otoño, el viento arrastraba sus hojas y ramas al jardín vecino, lo que irritaba mucho a John. Amenazó repetidamente con cortar el árbol sin permiso, pero Adam le advirtió que se mantuviera alejado.
Cuando el dueño de la propiedad intentó podar las ramas, notó una sustancia extraña dentro del tronco. Entonces se dio cuenta de que sería imposible hacerlo sin especialistas con equipo de protección. John, sin embargo, no era consciente de esto y, como resultado, se metió en problemas.
Un día, al regresar a casa, Adam percibió un olor penetrante incluso antes de abrir la puerta del coche. En su jardín, un tronco aserrado se abría, del que manaba continuamente un líquido espeso y marrón. La hierba y el suelo estaban cubiertos de una sustancia viscosa.
En medio de este caos se encontraba John. “¡No te librarás de la responsabilidad!”, gritó cuando un coche patrulla entró en el jardín. El agente inspeccionó la zona, y John empezó a justificarse:
— Me cansé de convencer a mi vecino para que cuidara su árbol. ¡Tuve que cortarlo yo mismo, y entonces empezó a salir esta porquería!
El policía frunció el ceño:
— Espera, ¿entraste en la propiedad de otra persona y cortaste un árbol sin permiso del dueño?
John asintió confundido, sin comprender aún la gravedad del acto.
Adam finalmente intervino en la conversación:
— Hace unas semanas, intenté podarlo. Resultó que el árbol había empezado a morir el invierno anterior. El agua de lluvia se había acumulado en el interior, pudriendo el tronco.
El agente se dio cuenta de que Adam no era culpable y se dirigió a John. Él mismo admitió haber entrado ilegalmente y causado daños a la propiedad ajena. Finalmente, se le exigió que indemnizara por los daños.
Al final de la semana, los especialistas retiraron el árbol por completo. Adam y Georgia finalmente respiraron aliviados. El vecino, tras este incidente, llegó a una conclusión y dejó de inmiscuirse en los asuntos ajenos.
Así, el matrimonio salió victorioso de una experiencia desagradable, y John aprendió una valiosa lección: a veces es mejor hacer caso a las advertencias que actuar con presunción.