Durante más de cien años, esta fotografía de la década de 1890 ha permanecido en una carpeta etiquetada como “No Identificada” en los archivos de una sociedad histórica de Nueva Inglaterra. A primera vista, es un retrato común y corriente, incluso conmovedor: dos jóvenes con idénticos vestidos de luto miran al objetivo con ojos fríos y serenos. Parecen amigas íntimas o hermanas. Pero con el desarrollo de la tecnología moderna, los investigadores no solo han atraído la atención sus rostros, sino también los extraños objetos que lucen en sus pechos.
No se trata de medallones o camafeos típicos de la época. Su superficie es porosa y grisácea, y su forma irregular resulta inquietante. Durante décadas, se creyó que se trataba de piedras toscamente talladas o “talismanes”.
El punto de inflexión llegó cuando uno de los investigadores cotejó el número negativo con los archivos del Sanatorio Blackwood, demolido hace tiempo. Resultó que estas dos jóvenes no eran “amigas”, sino pacientes habituales de una institución conocida por sus experimentos radicales y, a menudo, inhumanos. En los documentos, no se les nombraba, solo “Objeto A” y “Objeto B”.
En 2025, un grupo de bioarqueólogos aplicó a la imagen un análisis digital de alta precisión de los materiales. El resultado fue impactante: las “piedras” carecían de estructura mineral. En términos de densidad y contenido de calcio, eran materia orgánica. Hueso humano. Tallado en forma de un corazón anatómico primitivo.
Las revistas médicas de Blackwood describían un proyecto llamado “Resonancia Simpática”. El médico jefe creía que si dos pacientes llevaban fragmentos del mismo material biológico, sus sistemas nerviosos comenzarían a “sintonizarse” entre sí. Los colgantes no eran joyas, sino “anclas” a través de las cuales, según el plan de los médicos, las chicas debían sentir el dolor de la otra.
Así, la “terapia de duelo” obligaba a las chicas a llevar literalmente los restos del pasado en sus propios cuerpos.
¿Por qué vestían igual? En las teorías psiquiátricas del siglo XIX, se creía que la destrucción de la individualidad podía “reiniciarse” la psique dañada.
Los psicólogos modernos prestan atención a sus rostros: la casi total ausencia de microexpresiones, el llamado “afecto plano”, una consecuencia típica de un trauma severo o una sedación profunda con fármacos. Este no fue un retrato memorable. Fue una fijación del estado antes de la siguiente etapa del experimento.
Una semana después del tiroteo, ambos pacientes fueron trasladados al ala de “Aislamiento Permanente”. Todos sus historiales médicos fueron destruidos en el incendio de 1912. Solo este negativo sobrevivió, escondido en una caja de plomo en el consultorio personal del médico.
Nuevos métodos de mejora de imagen revelaron otro detalle: en la esquina oscura del marco, se ve una mano enguantada que sostiene un cronómetro. No solo fueron fotografiados, sino observados y cronometrados.
El horror absoluto de esta historia no reside en los rumores místicos, sino en el hecho de que personas reales se convirtieron en víctimas de la pseudociencia, que intentó controlar el alma humana a través del cuerpo. Hoy, la fotografía original se conserva en una colección privada, en penumbra. Es un monumento silencioso a una época en la que la línea entre médico y verdugo era más fina que una cadena de plata con un colgante de hueso.
Ahora bien, sabiendo de qué están hechas estas “joyas”, ¿qué ven en la foto: dos novias… o dos mitades de un todo roto?