Ethan llevaba años recorriendo senderos forestales y había aprendido a confiar en sus sentidos. Por lo general, la naturaleza sonaba predecible: el susurro del viento, el canto de los pájaros, el crujir de las ramas bajo sus pies. Pero ese día, una voz humana rompió inesperadamente el silencio.
“Ayuda…”
Las palabras provenían de algún lugar profundo del acantilado. Sonaban amortiguadas, como si atravesaran una gruesa capa de piedra. No había campamentos, casas ni señales de personas cerca. Sin embargo, unos segundos después, la voz se repitió.
Siguiendo el sonido, Ethan divisó una estrecha abertura, casi completamente oculta por los arbustos.
En cuanto entró, los sonidos familiares del bosque desaparecieron.
Más adelante, Ethan encontró cosas que no encajaban con el entorno.
Una mochila estaba apoyada contra la pared. Una botella de agua sellada yacía cerca. Cerca había una cuerda cuidadosamente enrollada con un lazo ya hecho.
Una voz resonó, muy cerca.
“Estoy atrapado… por favor…”
Al doblar otra cornisa, Ethan vio una mano humana apoyada contra la pared de roca. Pero algo andaba mal. No le pedía ayuda.
Todo lo contrario.
Los dedos parecían sujetar el cuerpo contra algo invisible al doblar la esquina.
De repente, la mano se deslizó bruscamente hacia un lado. Se oyó un suave zumbido electrónico.
El haz de la linterna iluminó un pequeño dispositivo con un indicador rojo parpadeante, sujeto a la roca.
Un sensor de movimiento.
La verdad se hizo evidente.
En cuanto el indicador se apagó, la voz cambió.
La súplica y la ansiedad desaparecieron.
Un tono masculino y tranquilo dijo:
“No deberías haber venido solo”.
La mano desapareció al instante en la oscuridad. Un sordo golpe resonó más adelante. Ethan se giró.
Ahora se percató de otros dispositivos sujetos al pasaje. Cuerdas. Huellas.
Y todos conducían en una sola dirección: hacia la cueva.
Entonces se dio cuenta de algo terrible: este lugar no había sido una trampa accidental. Había sido creado específicamente para eso.
Desde lo profundo del túnel, oyó pasos reales.
Ethan apagó su linterna y se agachó junto a la pared. En la oscuridad total, su mano tocó inesperadamente a una persona.
Alguien estaba sentado cerca, pegado a la roca.
El desconocido temblaba.
Agarró la muñeca de Ethan con fuerza y susurró apenas audiblemente:
«No dejan testigos».
Cuando uno de los haces de luz parpadeó por un instante, Ethan salió corriendo.
Se oyeron gritos a sus espaldas.
Los pasos de sus perseguidores resonaron por el túnel.
Corrió sin mirar atrás hasta que vio la luz del sol en la salida. Incluso después de encontrarse en el bosque, siguió corriendo hasta que finalmente le fallaron las fuerzas.
Los rescatistas e investigadores llegaron más tarde al lugar.
Pero la cueva estaba casi vacía.
No quedaban sensores, ni equipo, ni cuerdas. Tras un tiempo, los expertos llegaron a una conclusión inquietante: en zonas remotas, efectivamente se habían registrado casos de gritos de auxilio utilizados para atraer a personas a lugares de difícil acceso.